Y JESÚS NACIÓ EN BELÉN


por FRANCISCO BAQUERO LUQUE
( A mis amigos y lectores, con mis mejores deseos de paz y amor. )
El año 63 antes de Cristo, el ejército romano mandado por Pompeyo aprovechó la debilidad del pueblo judío, por sus múltiples guerras, para atacarle y entrar en Jerusalén. Pero los israelitas siguieron algún tiempo gobernados por príncipes de su estirpe. De la familia Macabeo, aunque como protectorado de Roma. La desgracia de los judíos aumentó cuando un extranjero, Herodes de Idumea, compró a los romanos el reino de Judea (véase plano indicativo) al que pertenecía Belén, patria de José, María y Jesús.

Los israelitas, empero, afrontaron también esta prueba con una gran esperanza. Esperanza que, “como un rayo de luz”, estuvo siempre presente en ellos ante los múltiples avatares de su historia: Ningún israelita admitía su ruina como definitiva, porque vivían “esperando”, como anunciaron sus profetas, que de su casta les habría de nacer un Mesías (el “esperado”), un Cristo, un Salvador (Jesús) que los libraría de la opresión.
De este modo, todo el pueblo de Israel aguardaba al Mesías. Sin Él ya vieron en aquellos iniciales tiempos que se deshacían los reinos, por lo que, desde antes de nacer, el Cristo ya vivía ilustre vida en la imaginación y en el espíritu de los israelitas, porque las profecías les dio a conocer y configuró en sus mentes cómo sería el Ungido a tenor de las imágenes literarias de los salmos de todos los profetas.
EN BELÉN NO HAY POSADA
Felices vivían los esposos en su casa de Nazaret. José, afanado en su carpintería y, María, preparando el hatillo para el Niño que alumbraría de su vientre en hora ya cercana. La oscuridad de los siglos se iba aclarando porque una Estrella Matutina “apuntaba ya destellos de sol”.
Por aquellos días César Augusto dio un edicto mandando hacer un censo de todo el orbe dominado por los romanos, debiendo hacerlo cada familia en su ciudad de origen. Fue así que José hubo de desplazarse desde Nazaret de Galilea a Belén, en Judea, recorriendo 120 kilómetros, María, embarazada, a lomos de una borriquilla:
.
A caballo en un jumento
La Virgen hacia Belén marcha,
Y San José va delante
Pisando nieve y escarcha
(Cantos populares9
En Belén, “habiendo ido a los suyos, no le recibieron”. Fueron a la posada, pero no había sitio. No les quedó otra alternativa que refugiarse en una gruta o establo cercano, de los que tanto abundaban en aquellas tierras de tradición ganadera. En esta gruta estuvieron varios días, ya que el estado de la Virgen no les permitía iniciar camino de regreso.
La Virgen dice:
no busques posada
que todas las puertas
l as tienes cerradas...
Cuando José vino
a encender la lumbre,
se encontró nacido
(entre el buey y la mula)
al Niño Divino...
Y la Virgen dice:
no llores José,
que así lo ha dispuesto
el Dios de Israel
(Cantos populares)
Y el Ángel dijo a los pastores: “Os anuncio una gran nueva para todo el pueblo. Os ha nacido el Salvador que es Cristo Señor”. Y los pastores de Belén fueron los primeros que le hicieron fiestas al Rey de los pobres y humildes (hoy robado a ellos por los ricos) recién alumbrado del vientre de la Niña Nazarena.
Era, según la tradición, un 25 de diciembre del año cero de la era cristiana y, desde entonces, en todos los rincones del ecúmeno cristiano el pueblo canta:
Los pastores son,
los primeros que,
en la Noche Buena,
fueron a cantarle
al Niño Jesús...
(Popular)
Y nacido de María, con sus pasos y sus hechos por aquella tierra de promisión, Él la dejó plagada de topónimos con ecos de drama y gloria y, resonancias poéticas por los siglos de los siglos: Judea, Samaría, Galilea, Belén de Judea, Jerusalén, Jericó (la ciudad más antigua de la historia), Betsaida, Canaan, Tabor, y una larga sinfonía de eufónicos nombres, cuya enunciación nos sumerge en efusivas melancolías del origen del espíritu y del amor en su vertiente humana más sublime: La inmolación generosa de Cristo, Hijo de María, en el Gólgota.
Transida de amorosa ternura ante el recién nacido, María exclamó: “Bienvenido seáis mi Dios y Señor”. Y, abrazándolo, le aplicó sus pechos. El Niño mamó gozoso de su tibia leche. En ese momento se proclamó el glorioso poema de la Cristiandad, cumpliéndose las escrituras: En un pesebre, compartido con el buey y la mula, hecho humilde cuna para el Niño Amor, “de la vara más hermosa del árbol de David, se desgajó aquel sublime tallo, ramita frágil, que estaba anunciado”. Desde entonces la Historia de la humanidad se divide en dos: Antes y después de Él.
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