VIDAS ROTAS

por CELESTE TORRES
Javier metió de nuevo la llave en la cerradura y ésta volvió a resistirse. Movió la cabeza con rabia y una sensación de vómito le vino a la boca, agriando su paladar. La cabeza le pesaba como si fuera plomo, y le costaba trabajo mantenerse erguido. Respiró profundamente… y la desagradable impresión de vómito, se esfumó. Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se limpió la frente. Un sudor pegajoso y caliente se filtraba por todos sus poros. Era una sensación extraña, que nublaba por momentos su vista y le hipotecaba aceleradamente el pulso. Las manos le temblaban, y una laxitud extraña, pero dulzona, se iba apoderando de su voluntad.
-Bueno, tampoco he bebido tanto -pensó para sí–. Unas copas en la discoteca, luego un botellón con Marisa y el Bizco, un cigarro para despejarme, -que no recordaba quién se lo dio-... y había tomado algo más… que le pasó Marisa, algo que era...., no, no estaba muy seguro; sólo sabía que aquella noche había cambiado su sistema de conducta, aprovechando la marcha de sus padres a la capital. La cabeza era un remolino de fragmentos y recuerdos sin ilación. Se sintió cansado.
-Buenas noches Javier, ¿cómo te ha ido?
Se volvió rápido y se dejó caer sobre la puerta para evitar tambalearse. La voz era familiar, pero la penumbra de la noche ocultaba la cara, y a pesar de sus esfuerzos por recordar, no podía ponerle nombre a la figura que tenía frente a él. Sólo fue capaz de contestar con un hola titubeante. El otro siguió hablando.
-Me dijo Paco que era tu cumpleaños. Te vi junto al puente chico con la pandilla del Bizco. ¡Cuidado, Javier!, la niñata rubia con la que ibas, dicen que es un camello que viene de fuera, y ha metido en líos a más de uno.
-Ya, -contestó Javier lacónicamente, mientras daba vueltas a su mente para captar la identidad del desconocido.
-¡Bueno tío!, me voy; y discúlpame por darte consejos, pero es que me molesta que últimamente me huyas, como si estuviera cagao, y eso me fastidia un montón, porque yo sigo siendo colega tuyo, y además –dijo bajando la voz-... te quiero, no como otros: esa yesca con la que vas cuando tus padres se largan del pueblo..., y tú quieres comerte el mundo de un bocao para olvidar lo que eres. Pero bueno, -y subió el tono de voz-, ¡por qué cojones te digo yo a ti estas chorradas! Todos saben que si no fuera por tu padre, muchos te volverían la espalda. ¡Anda y que te jodan!, -continuó con tono amargo-, ¡ni siquiera eres capaz de contestar!
Hizo un ademán con la mano, siguió calle arriba y se perdió en la boca de la noche. Una arritmia de fuego encendió la sangre de Javier. Al subir el tono de voz, había reconocido la figura que danzaba en su mente buscando identidad. Era Jorge. Pronunció el nombre despacio, como paladeando las palabras, y se le puso el vello de punta. Golpeó la puerta con rabia. ¿Cómo no lo había reconocido antes? ¡Era Jorge!
Hizo un esfuerzo intentando atrapar el pasado. Jorge y él habían crecido juntos, eran inseparables; donde iba uno, estaba el otro. Casi todo fue paralelo en sus vidas. ¿Cuántos años tendrían entonces, trece o catorce? Se pasó la mano por la frente, intentando aclarar la confusión de su memoria… pero había bebido demasiado. De la edad ya no estaba muy seguro, pues había olvidado con exactitud la fecha. El esfuerzo mental lo exasperaba. En su cansada memoria se abrió paso la figura añorada de Jorge, el hijo del farmacéutico, con el que siempre estuvo muy unido.
Recordó aquella ocasión en que por primera vez fueron juntos al campo. Su primo José Luis, que vivía en la ciudad, solía pasar los veranos en el pueblo. José Luis era un atleta, le gustaba el senderismo, que practicaba, dos veces en semana, por las rutas naturales cercanas al río, por lo que se mantenía muy en forma. Jorge y él lo acompañaban en su primer recorrido, luego el cansancio los poseía, y solían esperarlo, buscando la sombra silenciosa de los árboles, casi siempre, cerca del río.
Desde niños amaron la naturaleza, porque ésta les brindaba, además de la belleza, la libertad sin límites. Un día, ante la sublime visión de un sol sangrante que arrastraba a la tarde tras de sí, los dos juraron hacerse ecologistas. Aquello sonaba bien, y era moderno. José Luis, su primo, les regaló una banderita y un escudo; ellos se sintieron felices.
Aprendieron a saborear la soledad con las primeras primicias de lo prohibido, adornadas de una frondosa y verde vegetación. Cuando al final de la última calle, dejaban el pueblo atrás, y se veía el campo abierto, él se sentía libre como los pájaros y olvidaba todas las disciplinas que lo condicionaban.
Aquellos días con Jorge fueron irrepetibles. Javier había vivido desde niño dentro del seno de una familia burguesa, siempre pendientes del qué dirán, sumamente religiosa y esquiva con todo lo que sonara a libertad, que ellos, sus padres, interpretaban siempre como libertinaje. Eran enemigos de todo lo que no estuviera ya consensuado anteriormente, o atacara a la línea patriarcal de la familia.
Javier siempre fue un niño demasiado maduro, hijo único, reservado y poco hablador. Su vida se había desarrollado en un pueblo pequeño de la baja Andalucía, totalmente agrícola, donde tres terratenientes, -uno era su padre-, se repartían el botín, que había pasado de padres a hijos. Las tres familias estaban emparentadas entre sí, de ahí la obsesión de su madre por casarlo con una chica lánguida y triste, poca cosa, pero poseedora de una de las fincas con más hectáreas de la provincia.
Siempre que su madre insistía en que acompañara a Adela, -así se llamaba la chica-, su mente se perdía por los jardines oscuros de la insensibilidad y la impotencia; era una rabia extraña que encarcelaba su alma. Tratando de liberarse, repetía con ímpetu, para sus adentros, el nombre de Javier, como si fuera una jaculatoria que abría enérgicamente la puerta cerrada de su libertad.
Javier era poeta y escribía versos. Él no entendía mucho de este tema, tampoco era buen lector, le costaba confesarlo, pero era así. ¡Javier decía unas cosas tan bonitas! Un día le mandó varios poemas, tampoco recordaba cómo eran, pero al intentar indagar en su cansada memoria, el corazón le dolía, le dolía con fuerza. Alguien dijo que el corazón no dolía. Eso era una estupidez, pues a él le dolía, y mucho, cuando pensaba en Jorge; le dolía de una manera pasional y oscura.
Un llanto suave cubrió sus ojos, que intentaban tercos descubrir a lo lejos la figura de Jorge. La calle estaba a oscuras, sólo al fondo, bastante lejana, una farola derramaba su luz blanquecina y tenue sobre las sombras dormidas de la noche. Paseó su vista por las puertas cerradas, deshabitadas de voces, y por las figuras fantasmagóricas que proyectaba, con sus esqueléticos brazos de ramas, el único árbol que habitaba la calle, casi desnudo de ramaje por la todavía incipiente entrada de la primavera, y olvidado de los pájaros que acudían en verano a resguardarse del inmenso calor de la siesta, cuando el sol se hacía dueño y señor de la playa.
Javier se limpió con la manga la humedad de la cara, y volvió a introducir la llave en la cerradura por tercera vez. Tanteó con dificultad el orificio.
-Si no se abre, me dejaré caer sobre la puerta y dormiré arropado por la luna, ¿por qué no?...
Pensó en Jorge, y si volvía a pasar y lo veía en aquel estado... La luna estaba empezando a salir y tenía forma de chivata. Este pensamiento le hizo reír. El encuentro con Jorge lo hacía feliz. Era consciente de que había perdido el sentido de culpabilidad, y se sintió libre como los pájaros del verano.
Esta vez la puerta se abrió casi sin esfuerzo. Le pareció que había algo misterioso cuando la hoja de madera se deslizó suavemente hacia el interior, como si alguien desde dentro la guiara. Una risa nerviosa lo poseyó, sentía como si una presencia en el interior estuviera ayudándole y le advirtiera de algo extraño y frío que no supo descifrar.
-¡No! –se dijo en voz alta-, ¡no al miedo!; y siguió riendo de manera nerviosa. Él no tenía miedo, jamás lo tuvo y menos aquella noche, que era su noche; además, autosuficiente y no necesitaba ayuda de nadie.
Un estado de ansiedad lo envolvió. Entró en su dormitorio, quería estar en la cama antes de que sus padres volvieran. Otra vez una risa nerviosa lo sacudió al pensar en su padre. En los últimos años se había convertido en una pesadilla para él. Imaginó su cara, si lo viera en aquel estado, y esta idea le produjo una hilaridad que contagió todos sus poros. Empezó a reír a carcajadas. Además, ¡qué coño le importaba ahora su padre!; él era el culpable de su ruptura con Jorge, y jamás se lo perdonaría.
Todo le daba vueltas, pero su risa lo estimulaba; era como una campanilla que sonaba fuerte en su cabeza, transmitiéndole alegría. Sin embargo, había algo más en toda aquella euforia; le parecía ver, y esto le divertía, la figura de su padre, delante de él con un brazo extendido, recriminándole su indolencia por los libros de texto. La voz era siempre la misma: imperativa, agria, una voz de hombre insatisfecho.
-¡Tú, -solía decirle- no quiero que seas un burro!
Casi siempre era la misma canción, ni siquiera era original en sus reproches.
-¡Con tu edad yo tenía ya el bachiller! Tú y tus amigos no pensáis más que en vivir la vida, sin responsabilidades ni sentido del deber. No hay valores en vuestras actitudes, por ese camino no vais a ninguna parte, en el futuro no sabréis hacer ni la o con un canuto de caña. ¡Apártate de ellos y baja del limbo!, que no es más que el paraíso de los vagos; y sobre todo aléjate de ese payaso con pendientes que te mira como si fueses un bizcocho. ¡No vuelvas a traerle a casa, si no quieres que lo ponga de patitas en la calle! Será muy listo y todo lo que tú quieras, pero no es más que un mariquita, ¡sí, un pedazo de maricón!; ¡Y no me contradigas... que te parto la cara! Faltaría más que mi único hijo, mi hijo varón, se pasee por la plaza con semejante mequetrefe. ¿Pero tú eres ciego? ¿Es que no te das cuenta de lo que es? ¡Si lo sabe todo el pueblo! ¿Es que no puedes ir con otros amigos? Tú eres un machote y tienes que ir con hombres ¡Y mírame a los ojos cuando te hablo! La culpa de todo esto la tiene tu madre, consintiéndote tanto capricho. ¡Lo que me faltaba para ser la risión de Pedrito el del Casino, que tiene una moña que se la pisa!
Esta vez la risa salió de su garganta como si fueran gritos, arrastrando toda la amargura que llevaba dentro. La fuerza de la carcajada arrancó un sabor agrio a su boca. La saliva era amarga como veneno... Y de nuevo la risa, y esta vez provocó el vómito, que se hizo imperativo. Pasó al cuarto de baño y escupió en la bañera, pero el vómito se negaba a salir. Sentado en el borde de la bañera se sintió más cómodo. No era muy consciente de la realidad, pero parte de su lucidez estaba encallada en el pasado. Pensó en cuántas cosas quedaban atrás, arropadas por un olvido ficticio. Y otra vez la imagen de Jorge. ¿Qué haría ahora? ¿Por qué no le dijo que se quedara con él y hubieran hablado de todo?; sí, de todo lo que tenían que decirse y que no le dijo; de él mismo, de lo que sentía, de cuánto le gustaban sus poemas; algunos aún los llevaba escondidos en la memoria como dulces alfileres. Vibraron en su corazón, al recordarlos, como una copa de licor abierta a sabores distintos y únicos.
Algunos poemas quería olvidarlos, sobre todo el último; ese que, aunque hacía ya más de un año, era una espina clavada en su alma, en lo más profundo, allí donde el deseo tiene su cuartel general, y no obedece nunca a la disciplina. Al menos, ese era su caso.
Recordó, sin esfuerzo, el día en que se lo dio. Había dejado de llover, y las últimas gotas de lluvia resbalaban lánguidas por la empañada transparencia del cristal. Se acercó a la ventana, descorrió con pereza el visillo y dibujó con sus dedos el nombre de Jorge, sobre el vaho húmedo que lo empañaba. Luego lo borró con rabia y observó la calle. Como si se tratara de una invocación, lo vio a través de la ventana. Estaba en la puerta hablando con su madre, después lo fue viendo alejarse rápido, calle arriba. Se quedó pegado a la ventana, con un vacío interior que le hacía odiarse a sí mismo y a su entorno, a excepción del paseante que acababa de cruzar la esquina. Algo muy fuerte le golpeaba el pecho y se sintió exiliado de su propia mentira.
La voz de su madre lo arrancó de su interior, ni siquiera había oído la puerta al abrirse.
-Toma Javier. Jorge me ha dado los apuntes que le has pedido. Dice que lo llames si no son los que tú quieres.
Y le tendió un sobre alargado. No cupo en sí de felicidad al tomarlo en su mano. La madre salió, cerrando la puerta tras de sí. Algo dentro de él, que no sabía definir, rebosaba impaciencia. Por supuesto, él no había pedido ningún apunte. Rasgó el sobre con ansiedad propia del condenado que tiene el indulto dentro de la blancura azulada del papel. Un sudor pegajoso empezó a envolverlo. Lo mejor sería darse un baño; sí, eso le relajaría. Se agachó con dificultad y puso el tapón de goma en la bañera, abrió los grifos y dejó correr el agua, metió la mano sin preocuparle la temperatura y se mojó la frente. Esto lo despejó. Se puso de rodillas con los brazos dentro del baño, chapoteó con las manos el agua que saltaba impetuosamente, saliendo fuera como un manantial natural. Esto le divertía. Siempre quiso hacerlo, pero su madre no le permitía alterar el orden ni la limpieza de la casa. Para ella la casa era un santuario donde todos caminaban de puntillas para no romper la armonía del entorno.
El recuerdo de la madre lo volvió, de nuevo, fuera de sí. Su madre nunca le regañó, pero sus ojos eran siempre una mirada de reproche. Jamás la vio sonreír por algo que él hiciera. Sus ojos estaban siempre en función de su gesto severo. Constantemente exigió de él una meta más alta.
-¡Mira el hijo de...! ¡A ver si eres capaz de estudiar como el de…!
Nunca vio satisfacción en sus ojos, ni orgullo; nunca se sintió capaz de digerir las miradas de su madre por no ser, como eran los otros, un superhombre.
Había algo que detestaba, sobre todo cuando lo citaba con la niña de su mejor amiga, por supuesto la más rica del pueblo. Aquellas citas alteraban sus jugos gástricos, por lo que tenía que abandonarla con frecuencia, haciendo sus visitas al lavabo, más o menos largas, con la consabida ira de la chica y la posible suegra. Al día siguiente era informada su madre de la falta de tacto, y la mirada de ésta era tan dura como una puerta cerrada a la comprensión. También la mirada de Javier se perdía en el vacío, hurgando inconscientemente el asco que le producían las citas clandestinas a las que su madre le comprometía, sin contar para nada con sus protestas y voluntad.
El agua fue llenando el suelo y los azulejos más altos. Él seguía palmoteando cada vez con más fuerza, se sentía independiente y pisaba el pasado de puntillas para vencer su insensibilidad. Sentía angustia al pensar en la mirada de su madre, y rechazó el recuerdo. La única persona que lo miró con ternura desde niño fue Jorge. Había en sus ojos serenidad y admiración, eran como un día de ocio tendido sobre el césped; cuando se detenían sobre él, sosegadamente, se sentía invadido de una ternura infinita; era una mirada que lo acompañó siempre.
¡Menos el día que abrió el sobre y extrajo su último poema! Lo había leído infinidad de veces, se lo sabía de memoria, letra a letra. Enseguida supo que era una despedida. También sintió que era algo a medio terminar, porque había crecido al reverso de la sociedad de un pueblo que tenía la moral más aburrida e injusta del mundo.
El agua seguía creciendo en la bañera. Javier se quitó los zapatos; se desprendió a tirones de la chaqueta que cayó al suelo, desparramando sobre el pavimento húmedo el contenido de sus bolsillos; se sumergió dentro del agua con pantalón y camisa. El contacto con el agua fue una sensación extraña.
Otra vez el poema, el maldito poema, y empezó a repetirlo a gritos, mientras era poseído por una temperatura que no sabía identificar. Su voz era de rabia e impotencia cuando repetía los versos.
-¡No se entretiene nunca el ángel de la ausencia, ni extiende sus legados con estrellas de luz...
Sí, había algo más, pero no lo recordaba. ¿Cómo podía haberlo olvidado? ¡Era una despedida! Sí que lo fue, pues a partir de aquel día nunca se acercó a él para nada.
Sin embargo, aquella noche le había vuelto a dirigir la palabra. ¿Qué le dijo? No...., no lo oyó bien. La cabeza le pesaba demasiado. Pasó el grifo a la ducha con la mano torpe, ya que sus reflejos eran cada vez más lentos. Extendió sus piernas, se mojó la cabeza, y acabó de empapar el resto de su ropa. Apoyó su nuca a modo de almohada en el borde esmaltado de la bañera. Como ausente, contempló sus pertenencias, que yacían desparramadas y estáticas sobre el suelo. Allí descansaba todo lo que tenía en los bolsillos: dos bolígrafos, una cartera con sus iniciales regalo de su madre en su cumpleaños y que siempre volvía de la otra cara al sacarla para que los amigos no se rieran de la pijotada, unos céntimos y tres euros. Sonrió al verlos brillar sobre el blanco pavimento. Cerró los ojos.
El volumen del agua iba aumentando; caía como una pequeña catarata incontaminada, transparente, sin latitudes; con un sonido de cristal que empapaba su ropa, penetrando libre de licencias con su húmeda frescura por todos los poros y rincones más íntimos de su cuerpo. Se movió con laxitud dentro de la bañera. Los recuerdos le iban desmoronando, y cada fragmento era como un pájaro escondido que ansiaba salir lejos de la jaula del olvido. Sintió el agua sobre su barbilla, pero no se movió, se sentía bien, muy bien. La idea de la lluvia surgió en su mente. Era –pensó-, como cuando el cielo, borracho de nubes, descorchaba las botellas grises del agua, y entregaba su virginal transparencia al opaco marrón de la tierra, con el pudor permisivo de los dioses. ¿No era este un poema de Jorge, o algo así? No, ya no podía precisarlo.
Soltó de nuevo su risa, que sonó como una cascada en el silencio de la casa. Jorge se había convertido en un punto lejano en su aturdida mente. Intentó con esfuerzo recobrar su recuerdo, pero una bocanada de agua le hizo inclinar la cabeza para escupir en el suelo. Era el mismo gesto que hacía cuando estaban dentro del lago. Una extraña nostalgia lo invadió y sintió como si un pedazo de él se quedara muy atrás en la distancia, sin posible retorno. Había dejado de reír, cerró los ojos de nuevo, apretándolos sobre los párpados, intentando en un último esfuerzo recuperar el pasado.
En primavera los campos eran vergeles, debido a la abundante agua en aquella zona, de un verde brillante que rompía el espejo de lo cotidiano. Dos veneros naturales que provenían de la pequeña sierra cercana, rodeaban en un abrazo idílico las cercanías del pueblo por su lado oeste. La sierra, como una matrona yacente, sombreaba el pequeño lago, que yacía a sus pies, espumoso y blanco como un cisne escondido, llamando la atención de los que lo contemplaban por lo recóndito y mágico del lugar, recortado en sus orillas por una vegetación de adelfas en flor, juncos y helechos de agua. Jorge era una sombra desdibujada que saltaba desnudo hacia el lago. Él lo esperaba dentro, con los brazos extendidos y su risa de hombre llena de agua que escupía sobre la cara de Jorge, y reían como dos adolescentes gozosos sobre un pequeño mundo que sólo a ellos pertenecía.
Un sueño lento lo invadió, llevándose los recuerdos. Metió la cabeza dentro del agua. Estaba seguro de que nada había cambiado, todo seguía igual que entonces. Iría nadando hasta la figura de Jorge. Una extraña felicidad lo envolvió, convencido de que la proyectaba el sentido permisivo que se consentía a sí mismo. El ruido del agua se hizo más tenue; era como si, de repente, el tiempo dejara de existir.
Aquella mañana, Remedios la churrera preparaba la masa de los churros; sobre un gran fogón, se calentaba el aceite. A lo lejos, el sol extendía sus primeros rayos amarillos sobre la montaña, y la luz abría la llave de la mañana. Eran las cinco de la madrugada, hora en que Remedios durante años, acudía puntual a su pequeño negocio. Sobre las seis, empezaban a pasar por la plaza los primeros parroquianos que, al olor de los churros calentitos, despertaban en su estómago la primera iniciación a su apetito. La masa estaba ya preparada y reposando. Nada había cambiado aquel proceso durante años. Remedios la churrera, recordaba haberlo visto hacer a su madre y a su abuela. Siempre lo mismo, pero a ella le gustaba lo cotidiano y nunca ambicionó nada más. Todos la apreciaban. Si algo sucedía en el pueblo, ella era la primera en saberlo.
En las primeras horas de la mañana, mientras soplaba desaforadamente el fuego, escuchaba con avidez las noticias que le iban contando. Luego, ella iba informando; eso sí, arreglándolas un poquito, según lo delicado del tema, para no provocar ningún disgusto con su información al buen nombre de sus asiduos clientes.
Ese día, el señor alcalde –según la Paca, que era siempre la más madrugadora y venía de limpiarle el despacho-, tenía Junta a las siete de la tarde, y le explicaba uno por uno los asistentes con el tema a debatir, en este caso era la muerte de unos cochinos en la huerta del Picao, llamado así por ser picaviruelas. ¡Ah, eso sí!, la Paca sólo hablaba cuando los presentes eran simpatizantes del señor alcalde, si no, volvía más tarde para completar la información.
Remedios a todos les daba su opinión, que no siempre era la apropiada, pero eso sí, ella lo hacía de corazón, y cuando tenía que callar por ser el tema escurridizo, era una tumba. Sólo los íntimos tenían el privilegio de opinión. Sabía secretos como el del señor cura, que se los contaba Teresa, que llegaba siempre al final de la mañana, cuando D. José el Párroco terminaba la misa, y Remedios guardaba la última masa para que D. José pudiera tomar los churros calentitos, y no cerraba mientras no llegara Teresa.
-¡Vamos Remedios! -apremiaba Teresa-, que ya sale de la sacristía y está el chocolate en la mesa.
D. José era un cura joven que exigía la puntualidad, no como D. Anselmo, el que murió el año anterior; ese sí que era un bendito de Dios, y venía él mismo a por los churros; pero claro, eran otros tiempos. Aunque había cosas en éste que a ella no le gustaban, ni poco ni mucho, aunque ella, la Remedios, no hacía juicios de nadie, y menos del señor cura, pero eso...
Un día le contó Teresa que el cura fumaba en pipa; lo había visto cargar la pipa más de una vez en la puerta de la sacristía, y además usaba slips de ropa interior, en vez de calzoncillos normales de por la rodilla, como D. Anselmo, que eran más decentes y discretos. Como ella -la Teresa- se los lavaba, no podía mentirle. ¡Ay Jesús, estos curas jóvenes no sabe una a qué atenerse con ellos! Pero eso sí, la Teresa se lo dijo en secreto, y ella no habló de esto con nadie; era una tumba. ¡ Ay, si ella contara todo lo que sabía!
-¡Mira que ponerse ropa interior como los anuncios de la televisión... un hombre de Dios! -Y Remedios suspiraba profundamente.
En un lebrillo grande, el agua y la levadura de pan que le traía el panadero, una pizca de sal, y la harina del molino del Bizco que era la mejor. La churrera no era una mujer demasiado alta, pero sí fuerte, y sus brazos estaban acostumbrados a girar como una peonza sobre el brillo transparente de la vieja cerámica del lebrillo, hasta que la masa adquiría un volumen pastoso, como la goma del chicle; sólo entonces estaba propicia para bautizarla en el aceite, que la recibía ardiente, pintándola de un rubio provocativo que entraba como un duende por los ojos y el olfato, avivando los jugos gástricos de los todavía soñolientos parroquianos. Remedios enganchó en el junco las diez primeras ruedas, para Miguelito el del café.
-¡Güenos días, Remedios!
-Ve con Dios, Osé. Qué, ¿hoy también al campo?
-Sí, tengo la parva en la era, y la Carmen y el Joseíto están en el cortijillo.
-¿Cuántas, Osé ?, -dijo Remedios.
-Pon las de siempre, -respondió José
-Venga, que tengo prisa, dos para mí, -pidió María.
-Ya mismo, que hay pa tos, -contestó Remedios. Y con agilidad, fue enganchando los círculos de masa en los verdes juncos del río.
La campana de la Iglesia rasgó la niebla de la todavía adolescente madrugada. Se hizo un silencio místico que nadie se atrevió a romper. Desde el fondo de la plaza, una mujer se acercaba gritando.
-¡Es la Adela! –dijo Remedios con asombro-.
La mujer se paró en seco delante de la churrería.
-¡El hijo de D. Miguel, el médico! –dijo entrecortadamente, con la faz alterada, blanca como la cera. La voz se quebró por el llanto.
-¡Vamos mujer! –apremió Remedios la churrera- ¿Qué pasa con el hijo de D. Miguel?
Adela, con un hilo de voz repitió:
-Se lo han encontrado muerto en la bañera. -Y con el pico del delantal se limpió dos gruesas lágrimas que mojaban su cara.
Parecía como si nadie respirara. La imagen de Javier tomó forma en la memoria de aquellas personas que lo conocían de niño. Nadie quiso hacer preguntas, respetando las lágrimas de Adela, aunque lo estaban deseando. La única consigna era unos minutos de silencio.
-Pero, ¿cuándo lo han encontrao?, -preguntó Remedios con timidez.
-Esta mañana –contestó Adela entre sollozos-, bueno fue la señora, no sé muy bien, no sé; todo el cuarto de baño estaba inundao, pero no hemos podido limpiarlo hasta que llegara su tío el juez.
Una impotencia extraña se apoderó del grupo.
-¡Qué pena! –comentó José-, hijo único, con tanto dinero... ¡ahora pa los sobrinos! Mecachi en diez, ¡qué tonta es la juventud!
-¡Ay!, -dijo Teresa, como acordándose de un deber sagrado-, voy a avisar al señor cura! ¡Qué tontos estos niños jóvenes, no tienen sentimientos, hacerle eso a sus padres!
Y volviéndose hacia los oyentes:
-Ya ves, su madre no sale de la Iglesia, pobre mujer, y con tanto dinero, ¿qué va a hacer ahora? -suspiró profundamente–, ¡que el cielo nos coja confesaos! -Y se alejó ligera como una gacela.
Remedios apagó el fogón, consciente de que el momento era más importante que su negocio, y se volvió toda oídos. Francisco llegó con la cara desencajada, y casi en un ahogo dijo:
-¡Ya está la policía en la casa!
-Bueno, y ¿qué dice el padre?, apremió Remedios.
-Na, qué va a decir -contestó Francisco-, está tirao en un sillón como si fuera un saco, -y murmuró para sus adentros- ¡después de lo que ha hecho por él, que no le faltó ni gloria!
-¡Oooh, qué pena!, -dijo Merceditas, la del panadero, que acababa de incorporarse al grupo ávida de noticias-, cuando se entere Adelita, que lo quiere tanto...; ¡ella ha sido la única para él!
-¡Calla mujer! -contestó José-, eso era un arreglo de los padres.
-¡Que no!, -insistió Merceditas– que yo los he visto muchas veces juntos; jamás salió con otra que no fuera ella.
-No sé, no sé.... –dijo José- las mujeres entendéis más de esas cosas; en fin, todos somos de muerte. ¡Qué lástima de dinero!
La mañana había abierto sus puertas a la luz del sol, ajena totalmente a la tragedia. En la plaza, la gente empezó a congregarse en espera de nuevas noticias. Pesaba una furia de impotencia sobre el oscuro manto de la muerte. Por unos instantes, Remedios y sus compañeros se quedaron silenciosos, todos se hacían infinidad de preguntas, pero no existía una respuesta que dejara satisfecha la curiosidad del porqué. El cielo estaba limpio y azul, la mañana prometía ser esplendorosa. El silencio apagaba la voz de todos con una mueca de dolor. De pronto, una fuerte risa cantarina, fresca y feliz, pero extraña, rompió todos los arcanos del silencio; parecía venir de arriba, como si atravesara la luz transparente de la mañana.
Remedios, extrañada y perpleja, levantó la vista al cielo, buscando, a través del azul, el causante de la risa; sus acompañantes hicieron lo mismo. La risa seguía oyéndose con una claridad que erizaba el vello de aquéllos que la oían; pero nadie vio al causante de esta extraña hilaridad, que se fue perdiendo ante los confusos parroquianos, camino del lago, mientras los demás, con la faz desencajada, se miraban unos a otros atónitos, sin comprender nada de aquel extraño fenómeno.
Sobre un ventanal que dominaba la plaza, un hombre muy joven, con el torso desnudo y los pies descalzos, entreabrió la ventana con mano temblorosa. Lo despertó una risa que le era muy familiar. En su oreja derecha, un pendiente de plata regalo de un amigo; su cara estaba lívida. Debajo del ventanal, dos mujeres hablaban, comentando el suceso con voz chillona. Por la rendija de la ventana entró un helor tan frío que lo apuñaló. No puede llorar, no sabe dónde está ni quién es. En su mente pasa un verso como una gasa blanca que tapa su tristeza:
Te vas de madrugada, sin posible retorno.
Me abre el ángel del tiempo una herida cerrada.
Yo iré a buscarte, amor,
allí donde se pierde tu risa en mi memoria...
De repente, como un cuchillo afilado, la realidad lo envolvió de nuevo. Alzó el puño cerrado, y con una furia salvaje, golpeó el cristal de la ventana, que cayó como un dios vencido a sus pies. Unos hilos pegajosos brotaron serpenteando por su piel morena, tiñéndola de rojo. Y el eco de la risa se perdió camino del lago, escondido en el cántico monótono del agua, que repitió sin prisas la canción antigua de los inmortales.
FIN
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