SEÑORA DE LAS ALTURAS

por CELESTE TORRES
La habitación estaba en penumbra. No era muy grande, pero sí bastante amplia y cómoda, y yo la había convertido en mi cuartel general...
Una gran mesa de roble, herencia de mis padres y que nadie quiso por su simpleza de líneas y falta de estética, pero que a mí me pareció de un rústico maravilloso, con su ancho y largo tablero redondeado en sus puntas, donde un dibujo, marcado sobre la madera, dormitaba desgastado por el uso. La mesa estaba siempre repleta de libros, libretas, lápices... y a veces, cuando reflexionaba con los codos sobre su tablero bruñido por el roce de los años, sentía –o a mí me lo parecía- que, como tantos otros muebles de la casa de mi abuela, ella -la mesa- no se consideraba exiliada, sino que era capaz de transmitirme recuerdos y escenas del pasado que surgían con ternura en mi mente, a través de su contacto.
Un sillón delante de la mesa, con el asiento de anea y un cojín con volantes floreado -también de mi abuela-, componían el mobiliario, conjuntamente con una pequeña estantería, situada a un metro de la mesa.
Me dirigí a la ventana que daba al exterior, a la calle, descorrí la persiana y la abrí. El silencio del ambiente se vio, de golpe, interrumpido por los armoniosos trinos de los pájaros que anidaban en lo más alto de la araucaria, y un sol desmadejado se derramó tibio por toda la estancia.
Sobre la mesa descansaban montones de libros, esperando volver a recuperar el orden alfabético que el día anterior ocupaban en la estantería. El trabajo de la última noche me había llevado a consultar varios de ellos. Algunos me fueron útiles, pero otros, al no encontrar lo que buscaba, fui dejándolos sobre la mesa, sin orden ni concierto. La prisa y el cansancio me habían impedido colocarlos en su sitio una vez consultados, como tenía por costumbre, pues ello me facilitaba rapidez si tenía que volver a utilizarlos, ya que la literatura es una de mis pasiones y he de confesar mi total coincidencia con quien acuñó aquello de “más que un libro, sólo la libertad”. Los libros habían llegado a poseerme como duendes mágicos, que encerraban mi voluntad en la forja negra de sus letras, y me daban, con la blancura satinada del papel, la libertad de soñar.
El sol había llegado hasta mí y me bañaba con su calidez; me sentí reconfortada, pues el invierno había sido muy frío debido a las fuertes nevadas que vistieron de armiño los picos de la sierra, lo que era poco frecuente en la Baja Andalucía.
Con pereza me retrepé en el sillón y abrí al azar un libro; “Las flores del mal”, Baudelaire, poesía. El calor del sol era dulzón como el beso de un amante enamorado. Estiré las piernas y, como tenía por costumbre, dejé que me acariciara el rostro. Con rapidez hojeé varios títulos y autores, Plinio el Viejo; todo lo romano me fascina; alguien me comentó una vez que, en otra existencia, fui la hija de Escipión el Africano, fundador de la primera escuela esotérica de Roma. Recuerdo que me reí mucho por la ocurrencia; la verdad es que, desde entonces, me seduce la idea; tal vez la sugestión... pero quién sabe; mi madre siempre me decía: no digas nunca jamás.
La estancia estaba serena; por un momento, había dejado mis inquietudes diarias y el ajetreo cotidiano detrás de la puerta. Miré el reloj: las tres de la tarde; el silencio era una campana de voces mudas, y parecía que todos los pájaros se habían marchado, lo que me pareció improbable; o dormían plácidamente, acurrucados por el verde profundo de la arboleda.
Una inercia lánguida se apoderó de mí, cogí otro libro. La desgana a trasladarlos a la estantería era cada vez mayor, y me dejé atrapar pasivamente por la tibieza mágica del Sol.
El libro que acababa de abrir era pequeño. En su primera página, una dedicatoria, “A mi amiga...”. Con nostalgia, pasé mis dedos por la firma; los recuerdos eran como golondrinas venidas de muy lejos. Ella, la autora, ya no estaba entre nosotros. La añoré con tristeza y lo hojeé con el ansia de las cosas no recuperables...
...Archidona. Para los romanos “Arcis Domina”, “Señora de las alturas”, término estratégico defensivo de este enclave, cuya cima era considerada inexpugnable por sus tres murallas naturales y estar guarnecida por un importante tajo a sus espaldas.
Los árabes la llamaron Arjiduna. Es una ciudad mágica, misteriosa, con las voces de mármol de las columnas de su mezquita, una de las más importantes de Al Andalus.
Cuenta la leyenda que un viejo Emir quedó prendado de una joven de gran belleza, que iba siempre caminando por la Medina, tapada con un gran velo blanco. Ofreció el Emir, al padre de la joven, riquezas y honores. La boda se concertó para los primeros días de la primavera. La joven, que sentía una gran repulsa por el anciano y su reputación de hombre cruel, aceptó contrariada, pero obediente a la orden de su padre. Sin embargo la joven puso una condición: el día antes de los desposorios, subirían los novios a lo alto de la cima y, a la puerta de la mezquita, pediría la bendición de Alá. Al viejo pretendiente le sugirió que la obsequiara con un manto blanco que, doblado por seis veces los días de la semana, la cubriera toda ella hasta rozar el suelo. Accedieron; el padre de la novia, por ver a su hija contenta; y el novio, por la discreción que la joven mostraba en querer cubrirse a los allí presentes.
Cuando alcanzaron la cima, el viejo estaba jadeante pero feliz. Mientras, ella, envuelta en sus velos que arrastraba por la fronda, llevándose enganchada toda clase de florecillas silvestres, dejaba escapar dos lágrimas que, silenciosas, bañaban la dulzura de su rostro. Al llegar a la puerta de la Mezquita, el padre los bendijo, rodeados de parientes y amigos que acompañaron a la novia en tan extraña petición, ya que era sabido que las mujeres no podían entrar dentro de la Mezquita, por ser un lugar sagrado.
La novia estaba arrodillada; se incorporó y, quitándose los velos, apareció totalmente desnuda. Mirando al novio que contemplaba atónito la escena, le gritó:
¿Por qué callas? Ya tienes la bendición de Alá y mi cuerpo te pertenece. ¿No eres tú aquel que compra en la Medina todo lo que desea? Oh desgraciado de ti, mírame bien. Es un cuerpo joven y terso, creado por Alá para ser templo de la vida. No hay en mí más que manantiales de sangre para engendrar nuevas vidas.
Y a vosotros, que miráis con avaricia, no olvidéis nunca que el cuerpo de una mujer es más sagrado que la Mezquita, y que sólo está encendido para recibir el amor.
Por eso... no hay monedas. Sólo tendrás una mirada, pero por primera vez habrás compartido algo con los demás: la mirada de otros.
Y diciendo esto, arrojó al viento su velo, que se extendió formando una vaporosa nube blanca que fue a posarse a los pies de la Sierra, creándose al instante la Plaza Ochavada. Dicen aquellos que lo presenciaron que en el centro de la nube iba la joven, quien se desintegró como el olor de los jazmines en las noches de Junio, formando un bello arco iris que, misteriosamente, embelleció la plaza. Por eso quien la pasea por primera vez, puede pedir un deseo, siempre que sea de amor y carente de egoísmos.
Una noche de Abril, acosada por el misterio de la Plaza Ochavada, entré en ella yo sola. Realmente, pretendía descubrir el misterio y el alma de la leyenda.
La plaza estaba solitaria. El silencio era una sombra inmóvil que todo lo envolvía. Las palabras, como liberadas, se escondían en los rincones más secretos donde el minuto guarda su eco. Los geranios dormitaban a oscuras, protegidos por rejas de un negro más oscuro que la noche. Y yo en medio, sola. Era como un girasol ignorado por el mundo. De pronto, la luna iluminó la silueta alta y delgada de una mujer. Corrí hacia ella llena de júbilo. ¡Alguien con quién hablar! Tenía el rostro totalmente arrugado y sus manos hablaban claramente de una edad avanzada. ¡Hola! -le dije-. Pero no contestó. Me extrañó su silencio. Yo insistí: ¡Buenas noches! No dijo nada, pero me miró de frente con una sonrisa dulce y juguetona. Seguramente no está en su juicio –pensé-. Me quedé observando sus movimientos. Llevaba en las manos un pequeño libro cuyas hojas resaltaban por su blancura. Con una tiza blanca -o al menos eso me parecía- escribía sin parar sobre el blanco papel. Me acerqué más a ella, intentando encontrar algún signo o forma de escritura, pero las páginas seguían con su blancura inmaculada.
Como mi proximidad a ella era ya muy cercana, al levantar los ojos del libro tropecé con los suyos. Eran de un azul transparente y llenos de luz, como la tierra cuando llega la primavera y se transforma en colores cálidos pero inconcretos. No tenían altivez, sino una transparencia totalmente juvenil.
Seguía mirándome con su sonrisa de niña burlona, e incansable, continuaba escribiendo en aquel libro blanco sin letras. ¿Pero qué haces? -le pregunté en tono árido-. ¿Quién eres? Sonrió de nuevo y no contestó. Esta vez sus ojos tenían el tono ocre de la tierra antes de ser desbravada por el arado, cuando el día deja de ser virgen para convertirse en atardecer. La observé. La luna se detenía en los mechones blancos de su pelo largo, como si fueran de plata. Pero otros mechones que caían sobre su rostro, cuando intentaba mirar en su entorno como si tomara notas, aparecían totalmente rubios como guedejas de trigo bañadas por un sol de verano.
Llevaba un jubón de terciopelo negro y raído, pero no sucio ni roto. Le estaba pequeño como si llevara tiempo con él. Debajo, una camisa de lino que pudo ser blanca y ahora estaba amarillenta. Un faldón hasta los pies, de un negro grisáceo. Y los pies, descalzos.
Dio una vuelta por la plaza y se fue deteniendo en cada portal. Cuando se alejaba, donde se había detenido con su libro misterioso, aparecía un montón de libros, como prensados unos con otros y atados con pequeñas o grandes cintas; paquetes y más paquetes de libros, grandes, pequeños, medianos. Yo estaba alucinada.
Cuando llenó la plaza de libros, me hizo un ademán con la mano y se fue por la calle de La Cruz. La seguí hasta allí, corriendo detrás de ella y, como en un delirio, le grité con todas mis fuerzas: ¡¿Quién eres?! ¡Por favor, dime quién eres! Ella se volvió, me miró sonriendo. Sus ojos tenían esta vez, el color gris de una tarde de otoño, cuando la montaña se espesa de pájaros dormidos, y con dulce voz -que apenas era un hilo en el silencio de la noche- contestó: Tú me conoces. Yo soy, el tiempo. Y se alejó sin prisas.
En este instante un reloj marcó la hora, pero no recuerdo cuál. Abrí un libro, en sus páginas blancas había escrito:
Buscar legajos en estanterías recoletas
y pasar la mirada por la lírica de un libro,
es un sacramento para la imaginación
Un aire furioso cerró de golpe la ventana. El ruido me despertó bruscamente. Al fondo de los montes, el sol se escondía borracho de colores; la tarde corría tras él como una adolescente cautivada, mientras la noche se cubría con las gasas de la oscuridad, esperando celosa lo inevitable de las horas. Y yo me desnudé de sueños.
Lentamente y con desgana, volví a la realidad.
Celeste Torres
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Celeste echo de menos tus relatos, echo de menos la manera en la que reflejas los sentimientos, la manera en la que se nota la profundidad con la que los sientes.
Espero pronto leerte nuevamente.
Un abrazo.