LA TIA NANA

por Celeste Torres
La noche, fría y desmelenada por el viento del norte, se extendía soñolienta sobre las blancas casas del pueblo.
Ruidos de cencerros advirtieron a la tía Nana de la proximidad del ganado. Se asomó por el ventanuco. Las ovejas del tío Cristóbal entraban apiñadas por la estrecha calleja empedrada. Las contempló con ternura.
Durante muchos años había visto repetirse noche tras noche la misma escena... Eran tan bonitas..., tan blancas...; ¡sobre todo, la Rosa y la Paloma! El tío Cristóbal decía que para él eran como dos hijas... ¡Pero qué sabía el tío Cristóbal, si jamás tuvo hijos! También era cierto que las dos ovejas caminaban siempre al lado del pastor, pegadas a su dueño como dos perros fieles.
El último en pasar era Sultán, que daba infinidad de carreras y saltos, evitando así que ninguna oveja quedara rezagada. Al llegar junto al ventanuco donde se encontraba la tía Nana, alzaba sus patas delanteras y, con un fuerte ladrido, reclamaba su golosina que cada noche le tenía reservada la anciana. Esa noche le brindó un sabroso muslo de pollo que su sobrina Rosarillo le había traído de cena.
Pero ella no tuvo apetito. Ya no tendría que alimentar su cuerpo. Sabía que había llegado el final. Aquel era el día. Había despertado bruscamente esa mañana de un sueño en el que su padre, al que no llegó a conocer, la mecía con cariño. Por sus mejillas arrugadas corrieron dos grandes lagrimones. Recordó con nostalgia cuando su madre le contaba que al preguntar el cura qué nombre se le iba a poner a la chiquilla -a ella-, su padre respondió: es tan bonita como una nana, yo siempre la llamaré así. Le pusieron Rosario, pero todo el mundo la conocía como Nana.
Limpió sus lágrimas. No, no podía estar triste... era el día. Miguel y Miguelito vendrían a buscarla. El recuerdo de Miguel la inundó de ternura. En su memoria seguía todo igual que el primer día. Fue en la romería del Cristo de los Milagros. Su hermana Dolores insistió en llevarla con ella a la “cañá del tío Nico” en donde los mozos y las mozas del lugar festejaban a su patrón.
- No puedes estar siempre sola, Nana. La juventud se pasa sin darnos cuenta. Decídete ya por alguno de los mozos que te rondan. ¿A qué esperas, Nana? Tienes ya veinte años y sólo vas de la casa a la iglesia. La verdad es que no te entiendo.
Pero ella sí que lo entendía: Miguel tenía un trabajo temporal que lo obligaba a permanecer fuera del pueblo durante meses. A su regreso, después de asearse y desprenderse de una espesa barba que daba a su rostro la secreta madurez de un hombre de bien, bajaba al atardecer a la puerta de la iglesia donde, liando un cigarrillo lentamente, esperaba paciente ver aparecer la figura de Nana, bajando por la cuesta de la Cruz que, como cada tarde, acudía puntual al rezo del rosario.
Nana siempre presentía su regreso. Era un día especial aquél en que él volvía. Ella sentía en su interior la necesidad de adornarse con flores en su pelo, probarse los pendientes de madre, que siempre estuvieron olvidados en un estuche azul, ajado por los años. Frente al espejo perdía la conciencia del tiempo y, de repente, volvía a la realidad con el vibrante tañido de la campana, llamando por última vez al rosario de la tarde.
Nana bajaba la cuesta despacio, alargando el momento. Sentía sobre ella la mirada insistente de Miguel. Sus ojos, de un verde sereno, tenían la dulzura de las uvas de moscatel. La voz de Dolores despejó su pensamiento:
- Nana, no me contestas. ¿Vendrás a la romería? ¡Anda, mujer, anímate! ¿Sabes? -le dijo bajando el tono de voz- está en el pueblo Miguel, el del molino, y quiere acompañarte. ¡Vamos, di que sí! No quiero que estés sola toda tu vida.
Nana bajó la cabeza, no quería que su hermana viera el rojo que arreboló sus mejillas. Se abrió en su corazón la flor de la esperanza con la inconfundible fragancia del orgullo. Por fin sabía que su amor secreto era correspondido. Aquella tarde Nana volvió a emocionarse con la presencia del hombre.
Miguel se acercó a ella y pronunció su nombre quedamente. Los ojos verdes de Miguel eran como una tarde de campo en el silencio de los olivos. La atrajo hacia él con ternura. Ella se sintió como un junco besado por la brisa.
Los recuerdos eran en ella tan fluidos como las aguas del riachuelo. ¡Qué dichosos fueron los días con Miguel! La llegada de su hijo los unió a los tres como si fueran una sola voluntad. Miguelillo fue la alegría de los dos.
Una guerra es problema de todos, eso le dijeron padre e hijo. Y se alistaron. Por primera vez, no estuvieron de acuerdo en la decisión que tomaron. Ella lloró como una loca y suplicó, pero sólo consiguió la promesa de que, tarde o temprano, volverían juntos. Y hoy era el día, los dos estaban en camino, tan cerca, que podía escuchar cómo la llamaban.
Su marido se lo prometió cuando se fue a la contienda, y él jamás le mintió.
-No te muevas de aquí, Nana. Vivo o muerto vendré en tu busca. -Y se fue, acompañado de su hijo.
Se fueron juntos, sin ella. Juntos volvieron en una caja de cinc, con dos medallas de oro al valor. Los acompañaba el mismísimo gobernador en persona, quien le dio a la tía Nana el pésame y las gracias en nombre de la Patria. Ella no comprendió aquella sarta de retahílas. Era sólo un torrente de lágrimas que deambulaba como loca, de la casa al cementerio, desde el cementerio a la casa vacía.
En el fondo de su alma, tenía la certeza de que Miguel volvería a por ella. Desde entonces, todos los días fueron tristes y monótonos. No deseaba vivir. Su sobrina Rosarillo había sido su salvación. Cuando su hermana Dolores se puso tan grave, Nana subió descalza hasta la ermita del cerro. Allí esperaba el Cristo de los Milagros. Volvió con los pies sangrantes. Su hermana había muerto. Rosarillo, con cuatro años tan sólo, quedó bajo su tutela. ¡Si no hubiera sido por ella...! Nana no volvió nunca más a subir a la ermita. Muchos años después comprendió que el Cristo hizo el milagro de tal forma que ella, realmente, salió favorecida.
Esta noche estaba muy contenta, porque oía la voz de Miguel que llenaba su corazón de una esperanza nueva. Lo supo por la mañana, cuando Rosarillo entró, llevando, como todos los días, un tazón de leche recién ordeñada, pues ella la prefería natural. Su sobrina repetía siempre la misma cantinela:
-Nana, ¿quieres que te la caliente? Iría mejor calentita para tu garganta. A mí no me cuesta ningún trabajo calentarla.
Luego la besaba tiernamente.
Esa noche la anciana cerró despacio el ventanuco y se dirigió hacia la vieja cómoda donde guardaba su tesoro: una fotografía, color sepia, desteñida por los años, en la que el padre y el hijo le sonreían. La besó con devoción y la colocó en su pecho. Abrió después un estuche oscuro donde dormían, hacía años, las medallas que nunca quiso ver. Para ella no tenían valor. Había perdido a aquéllos que más quería y nada, ni nadie, podría suplirlos en su corazón. Y mucho menos, un par de trozos de metal. Lo mejor fue olvidarlas. Y así estuvieron muchos años. Pero ahora se acordó de Miguel. A él quizá le gustaría verlas. Los hombres son muy amantes de estas cosas. Abrió ambos broches y se los prendió de su blusa. Se sentó en una silla frente a la puerta. Dos siluetas masculinas se acercaban. Se abalanzó hacia ellos con los brazos abiertos. ¡Por fin habían llegado! Los estrechó con fuerza sobre su corazón.
-¡Tía Nana! -llamó Rosarillo descorriendo la cortina que tapaba el hueco de la puerta.
Recostada sobre el quicio, la anciana extendía sus brazos hacia el vacío. La muerte había sellado sus labios con una sonrisa.
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