LA FANTASÍA DEL LOCO

Por María Isabel Suero Valderas
La niña escucha serena las voces del loco, replegada como el armiño en el alféizar de la ventana. Es muy menuda, albina, tiene los ojos grises como los celtas, y la mirada penetrante hasta adentrarse en el pecho de los hombres, para leer los deseos más ocultos.
Él recuerda algunas infamias, y si alguien lo ofende, ella propina inesperados plumerazos a las chismosas repeinadas. Sus pasos son suaves y cuando camina parece que volase. Me cuenta que sigue compartiendo palabras, café humeante y calidez, y que está muy enamorada, ahora, del aroma que perfuma su aliento al inhalar muy hondo los azahares del atardecer.
Siempre fue un hombre solo, sacudido por las corrientes y las sombras de un oscuro siquiátrico. Sostenía su existencia el deseo de ver a la mujer que un día detuvo los electrochocs para escucharle. Su mente la atormentaba el abismo del que es demasiado cuerdo en la locura.
Junto a su puerta, desvencijada por tantos cerrojazos, sepultaba a los pies de un naranjo cómplice un sufrimiento muy antiguo, un árbol casi sabio que allí se erigía como diván imaginario, rezumando frutos preñados de amor, de vida, de risa y de luz.
Siempre fue un hombre serio, y tenía la misma austeridad del barro con el que amasaba los ladrillos de la alfarería que después de la guerra reconstruyeron el pueblo.
Las letras esculpidas por el abuelo centenario, borraban a menudo las sombras del pasado “Las manos del alfarero no están hechas para matar”. A él no le faltó la genialidad, el sarcasmo y la agudeza del loco, que sembrando en el lodo recoge las más abundantes cosechas de ternura. Un destino irónico, le llevó a custodiar hasta el final, a unos padres que desafiantes se aferraron a la vida para cuidarle, en sus momentos de delirio.
A través de la puerta contigua, Paloma, su niña, prorrumpía con gritos infantiles, hurtándole la peluca al ama de llaves y con pasos traviesos hacía mil piruetas entre las nubes algodonadas de su imaginación, arrancándolo así del laberinto de obsesiones que le mortificaban.
El republicano nostálgico, refugiándose en su desvarío, pregonaba los abusos y malversaciones del alcalde y los ediles, mientras ellos, en la cantina, a la desbandada, claudicaban irritados de apurar el café. Momentos felices entre aquellos muros tan vetustos y enraizados en la tierra, como la psicosis de un hombre quizás loco, quizás cuerdo... Ella nunca lo supo.
Lo trastornó otro rival, al que apenas si rasgó sus ropas en una discusión adolescente. Desde entonces la agorera y un castigo desmedido, lo arrojaron al abismo de la demencia. “Debe permanecer noventa y tres días en el calabozo”. Eso fue lo que dictaminó el juez. Pero la rigidez de la dictadura, lo condujo impasible a las corrientes del hospital de los Robledales. “Así se hará un hombre”, aseguró el guardia civil, empujándolo a la ambulancia, mientras pensaba que a su hijo ya le debían haber remendado la camisa hacía unas semanas.
Aquel hombre vociferaba por un sendero polvoriento, maldiciendo el oráculo que una vez en la serranía sentenció que perdería el juicio. Las mujeres asentían en silencio y, conteniendo el llanto, se esforzaban para que se perdiera en el olvido una historia tan grotesca como hiriente.
La niña, replegada sobre sí misma, pensaba que él perdió el juicio pero no la razón. Allí, al abrigo del rencor, de los sedantes y de la deshumanización, sentía cómo perfumaban su aliento los azahares del atardecer. Escuchaba serena los reproches de aquel hombre solo, siempre sembrando en el lodo, mientras ella trataba de sepultar a los pies de un árbol sabio un castigo desmedido y el arrepentimiento por un instante de delirio. La verdad de un alfarero, entretejida por tantas mentiras ajenas.
El contacto brusco con la realidad le hacía soñar; a veces llegó a perderse en el laberinto del saber, hasta adentrarse en algo parecido a una pesadilla. Solía sortear, como brillante serpentina, todas las blasfemias y mentiras en la alcoba de los objetos de metacrilato. Allí descubrió con fascinación un arca con centenares de caretas y, al remover el fondo, una pequeña puerta la condujo a un salón donde mil sombras danzaban con disfraces diferentes. Al fin un día una máscara se adhería a su piel asfixiándola, obligándola a aparecer hipócrita. Las infamias, como cadenas, circundaron sus piernas, petrificándose. Todavía no sabe si ocurrió realmente y teme regresar a aquel salón.
Tomás era enjuto, sus pasos muy firmes y su intensa mirada verde casi siempre estuvo perdida en los recuerdos. Al anochecer, envuelto en su mejor gabán y el incesante humo de los celtas, solía echar su quiniela en el kiosco de Esperanza, parodiando su existencia y la de los demás.
-Esta mañana tiré al charco de Los Pedreros centenares de trampas... Como los cazadores sigan así se cargarán el monte. Esta primavera no se escucha un pájaro. Como estoy loco María...
Juntos se reían de las mujeres de la familia que le vetaron el matrimonio, prejuiciosas. Ellos se entendían.
Paloma se empeñaba en darle algunas gratas sorpresas. Modelaba el barro que él le traía, mientras, recordando al abuelo, trovador, hilvanaba las palabras construyendo historias llenas de poesía.
-He atisbado en el pecho soberbio del poder una ráfaga de ternura, -argüía segura. Convenciendo a los ediles hemos redondeado cuentas, y cubriremos con mantos de flores los peldaños del mundo, esparciremos alas nuevas para elevarnos por encima de los infranqueables muros.
-¡Pase!, -gritó tiñendo de barro el uniforme del guardia civil de otro tiempo.
A lo lejos divisaba la escuela de granito y el sanatorio que ordenó construir su padre.
-Deseo que muestren su llanto y su risa, que jueguen y aprendan los niños. Con la seriedad del alfarero en su labor... reconstruiremos un pueblo sin heridas en la tierra. Así mis amigos no quedarán aplastados, envueltos en la niebla y el olvido.
La vida llegó un día a ese instante sereno, donde el ser se confunde con la nada de nuevo. Él, agudo como siempre, no buscó una frase lapidaria para la posteridad. La niña no se compadeció porque lo reconoció genial. Como siempre pidió otro café, maldijo a los médicos, increpó a las mujeres que nerviosas sacudían la mortaja. Estaban mucho más preocupadas por el destello de los objetos de su cuarto que por la guadaña. Deseó dar otra vuelta por la alfarería en la que había trabajado, hasta que la falta de barro resintió los cimientos de las casas que sus ladrillos habían levantado. No pudo mirarlo de frente. Había sido un loco ejemplarmente cuerdo. Fue sólo voluntad.
Para Paloma en su adolescencia no fue fácil permanecer en el redil. Contracorriente, intentó detener cualquier fuerza titánica que aplastase a la gente con su pequeña historia, con su grandeza. Como el ave Fénix se elevó viendo arder las caretas, mentiras y cadenas, y resurge de sus cenizas cuantas veces hace falta.
Entregada a la sombra de un naranjo cómplice, sepulta la locura desatada, un castigo desmedido, su infancia. Con amor y humor, con la cordura y voluntad del loco, con su risa y llanto silencioso, con el realismo del que en el dolor avanza, curte su carne hasta tornarse sabia corteza para ser como la mujer que un día detuvo los electrochocs para curarle.
Han pasado algunos años y recuerda esa tarde en que, después de un verano tórrido y febril, vio alejarse su sepulcro por entre las calles adoquinadas de un pueblo de canteras. Pensaba en sus obsequios, objetos llenos de magia, promesas, fragmentos de un barro austero y germinador.
Las plañideras seguían la comitiva tras comprobar el brillo del cristal y los metales, criticar las gestaciones adolescentes, y otros escándalos domésticos. Apostillaban que más le hubiera valido no nacer al desgraciado para esto. Ella se volvió para abofetearlas.
A Paloma sólo su paso por la existencia le bastaba, y sobre todo -se decía-, un pueblo sin un loco no es un pueblo.
De madrugada contempló, entre dos espejos, imágenes grotescas y crueles; la barbarie camuflada entre altos mandatarios y hábitos trinitarios en las guerras, en los claustros, arrasando vidas. La violencia cercenando los sentidos a los niños, negándoles la luz, el juego y la escuela.
Paloma avanzó mirando sin ver en lo más oscuro, y vio también en el espejo a los locos olvidados, aguijoneados hasta lo más hondo por la ansiedad, buscando en la soledad bálsamos de ternura. Ellos compartieron las palabras del alfarero, algunos reproches al oráculo y, sobre todo, una fantasía.
Por eso sigue hoy entregada a la sombra de un naranjo cómplice, casi sabio, como en un diván imaginario, elaborando con la cordura, voluntad y humor de su demencia, bálsamos de amor.
Ayer me pidió que escribiera: Cuando haya sepultado todo el dolor, me detendré para limar el sufrimiento de los otros, escuchando los sonidos del mundo, las palabras de los neuróticos, soñadores y utópicos, para alentar a los que con honda llaga caminan por senderos trenzados de vida, de fuerza y de luz.
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