EL VIEJO MANUSCRITO

por CELESTE TORRES
“El primer amor es una margarita que deshoja el tiempo;
en el corazón, siempre queda el polen.”
I
Domingo de carnaval;
dormida estaba la plaza
en la danza de un disfraz.
Me llamaste y yo fui,
quedó tu beso en mi alma
en un libro de marfil.
Eran tus palabras fuego,
mi corazón de coral,
era tu boca la luna
y yo me sentí rosal.
Sucedió. Y el tiempo puso
un papel de celofán
para que no se borrara
tu firma sobre el cristal.
II
Despeinada la tarde,
lloraba tras la niebla;
y el rojo de una flecha
rasgaba el blanco del cielo.
En un columpio, la lluvia
se mece bajo el laurel,
sólo por verla caer,
sátiro la empuja el viento.
Una perla de agua,
desnuda y atrevida,
con su frescura iba
recorriendo tu boca.
La margarita blanca
de mis celos de niña,
destruyó con un beso
la osadía de la lluvia.
III
La alameda se hizo,
de la oscuridad, amiga;
palomas tibias, tus manos,
sobre mi pelo negro.
Tu aliento fue ocultando
el temblor de mis labios
y en tu cuerpo de hombre
se dibujó el deseo.
Era nuestra la noche,
y el magnolio de tiza
se volvió nuestro cómplice.
Pero fue la Negrita,
vieja fuente de celos,
la que rompió el encanto,
palmoteando el agua
con su cántaro viejo.
IV
Despertaba la tarde, perezosa,
frente a un sol de canela;
impaciente, yo soportaba la espera
en el banco de piedra.
¡Ayer me juraste que vendrías!
Las promesas son ritos
que no deben romperse;
¡si no vienes, amor,
no podré soportar el vacío!
Sobre la gasa rosa del geranio
se deslizan las horas
la noche ha llegado encubierta
en lo oscuro de la indiferencia.
Hoy tus besos
se han quedado dormidos
en la cinta de plata
de los álamos.
¡Y he llorado tu olvido!
V
¡Ya no te quiero amor...!
y un silencio de estrellas
se volvió lluvia
sobre el lago dormido.
Con tus celos de hombre
rompiste en pedazos mi retrato,
mientras se reían las sombras
-harapos de la tarde-
sobre la pena mía.
Antes de alejarte, tus dedos tímidos
se deslizaron por mis mejillas
en una caricia interminable.
En la ceniza fría de la ausencia
se borraron tus pasos.
Yo cerré el estuche del recuerdo
con el beso que se quedó entre tus labios.
En el espejo rojo de mis sueños
aún lo llevo reflejado.
VI
La tarde tejía
celosías pajizas
en el ardiente humero.
La fuente cansada,
dormitaba a la sombra
con monótono acento.
Añorando momentos
de mi vida contigo,
caminaba despacio
por la entrada del parque.
Sudoroso de perlas,
un rosal atrevido,
con su verde altivez
me prendió por el talle.
Presentí que venías,
un frenazo estridente,
y tu risa de hombre
salpicó los rosales.
Por el aire enviaste,
con tus dedos, un beso,
y un chirrido de ruedas
destrozó aquel instante.
La paloma zurita
de mis sueños de niña
golpeó la campana
que anidaba en mi pecho.
VII
Son mis canas
las columnas del tiempo
que me hacen soñar en la noche.
De ti, sólo retengo
aquel beso en la ventana.
Te has filtrado
como viejo ladrón
en mi sosegada paz.
¡Que ya nadie me diga
que yo nunca fui amada!
Ahora déjame,
que el tiempo con su prisa
ha tronchado la rama del deseo.
No destapes la herida
arropada entre las malvas grises del silencio,
no me pidas que sea tu primavera.
Está apagado el fuego
- fría, la ceniza -
que alentó el camino de la esperanza.
Sólo me queda un viejo manuscrito
donde, apenas, se leen los recuerdos.
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