EL PATIO DE MI CASA
por TRINIDAD GRUND ( que ya nos dejó )
Corríamos de un lado para otro, como bandadas de pajarillos, niños y niñas de unos seis, siete y ocho años, por el patio de nuestra casa. Era grande y rectangular. A un lado y otro de él había pisos: el bloque de la izquierda y el bloque de la derecha, ambos con cuatro portales, y arriba había también, en sentido horizontal, otro patio grande.
Mi patio tenía forma de T y en él aprendimos a jugar, a compartir los juegos: el guiso, saltar a la comba, el mate, el diabolo, las figuritas, las bolas, los chinos. Con ellos nos hicimos grandes y también generosos. Una serie de juegos interminables que hacían que prácticamente pasáramos nuestras vidas en él. Sólo nuestras madres conseguían arrancarnos del patio cuando nos llamaban por la ventana: ¡a comer! ¡a comer!
En nuestro patio sucedía de todo. Había una chica joven, Pili, que le encantaba a cierta hora de la tarde, ya casi de noche, hacer de fantasma, poniéndose una sábana por encima y los dientes de ajo, y correteaba por el patio y los niños huíamos despavoridos, y al final acabábamos todos riéndonos. Otras veces nos contábamos, en las escaleras sentados, historias de susto y los niños mismamente ponían caras de diablo o de lobo.
También en nuestro patio había unos vecinos muy singulares. Don Eladio, comisario de policía, un hombre serio; y su mujer, muy seria, muy puesta, muy figurín; una mujer que casi no emitía ni el saludo. Tenían un hijo que se llamaba Eladito. Al comisario le molestaba la algarabía que producíamos jugando a la pelota o al pilla-pilla. Era un señor muy desagradable que siempre dejaba caer desde su ventana la caja de la pasta de dientes para hacernos ver que no le gustaba que estuviésemos cerca de su ventana.
También estaba doña Encarna, una señora viuda que tenía un hijo marino mercante que pasaba mucho tiempo en la mar; por eso le regaló un loro a su madre para que no estuviese tanto tiempo sola. Doña Encarna lo ponía en la ventana, en su jaula, y los niños lo llamábamos Curro y le hablábamos, y el loro nos contestaba; conseguimos enseñarle muchas palabras.
Doña Encarna era una mujer muy simpaticona que se pintaba mucho la cara y parecía una máscara. Cuando salía a la calle, los niños la saludábamos con alegría y ella, pese a la máscara que llevaba por cara, siempre respondía y reía con nosotros.
Otro personaje de nuestro patio era doña Fernanda, una señora bajita, un poquito mayor, no demasiado, que vivía en un bajo del cuarto portal de la izquierda. Era muy refunfuñona. Cuando jugábamos al mate cerca de su ventana, le molestaba tanto que demostraba su enfado con nosotros abriendo la ventana y echándonos un jarro de agua que, a veces, agradecíamos porque estábamos acalorados de tanto jugar a la pelota. Remojados, nos reíamos y peor lo hacíamos, para que doña Fernanda volviera a salir con su jarro de agua.
En el cuarto portal de la derecha, en un tercero, vivía un señor ya mayor, que había sido militar. Era corpulento y andaba apoyándose sobre un bastón. Los niños subían corriendo las escaleras, llamaban a su puerta para que saliera y cuando abría, salía con el bastón para pegar a los niños; las niñas desde abajo reíamos y decíamos a los niños que no lo molestaran más, que un día les iba a dar bien con el bastón.
También en el patio de mi casa había dos locales con sótanos. Uno de los sótanos se utilizaba, al principio, para hacer bailes los fines de semana. Varios niños y niñas nos gustaba bajar a él y ayudábamos a barrer el suelo y nos mandaban a comprar papel celofán de colores rojo, verde y amarillo para que los chicos y chicas jóvenes envolvieran las bombillas y dieran una ambientación especial al lugar.
Un día, estando dentro del local echando polvo de talco en el suelo para que pudieran deslizarse mejor al bailar, llegó mi hermano -el mayor- y me vio bailando suelto con un amigo suyo, de diecinueve años. Discutió acaloradamente con él y después me cogió de una oreja y me sacó del local, subiendo las escaleras casi en volandas.
Poco tiempo después, ese mismo local lo alquilaron para un gimnasio, pero era de boxeo. Había un cuadrilátero y allí se entrenaban muchos chicos jóvenes que después llegaron a ser figuras. Nosotros, desde unas ventanas con reja que existían en el patio, nos poníamos a mirar cómo hacían la gimnasia y cómo boxeaban.
Pero a mí el local que más me gustaba era el Obrador del Rubio, el otro local, donde se hacían pasteles. Allí, observando, aprendíamos cómo se hacían las tortas locas, las palmeras de hojaldre, los bizcochos, las magdalenas. Luego reproducíamos en el patio, con tierra y agua, los mismos dulces que veíamos hacer en el obrador, y machacábamos unas piedrecitas de colores anaranjado, marrón parecido al chocolate y otras blancas para darles un poco de azúcar glaseada. Eran nuestras propias creaciones en las que dábamos rienda suelta a la fantasía. Aprendíamos unas habilidades de repostería que posteriormente cuando fui más mayor, compaginaba con mis estudios de bachiller, de guitarra y el horno de la cocina de mi casa.
Pero lo que sí llegó a formar parte de mí, y que me dejó impresionada para toda la vida, fue un personaje que llegó del exterior de mi patio. Era un hombre alto, grande, corpulento y fornido. Tendría como unos noventa años, el pelo blanco y una barba también blanca, pero no muy grande. Sus ojos eran enormes, las cejas anchas, y su mirada profunda y triste. A veces, se emocionaba al hablar y sus ojos se llenaban de lágrimas. Solía aparecer, una o dos veces en semana, a la una de la tarde, con una caja cuadrada metálica donde iba introduciendo unas diapositivas de cuentos de Blancanieves, Caperucita y la Cenicienta. Siempre eran los tres mismos cuentos. Esa caja metálica la colocaba sobre un palo también metálico, que sostenía con la otra mano. Nosotros echábamos una perra gorda o una perra chica y teníamos derecho a ver a través de un objetivo las diapositivas que él iba poniendo.
El abuelo siempre estaba rodeado de niños para ver los cuentos que traía, y una vez terminada la función, todos se retiraban a sus casas para comer. Entonces yo me quedaba a solas con él. Sentía la necesidad de saber cosas de su vida. Le preguntaba que de dónde era y el me contestaba que había estado en tantos sitios que ni siquiera lo sabía. Me contó una vez que había estado en la guerra de Filipinas y me pareció muy interesante. Le pregunté si tenía familia y me contestó que sí la había tenido pero que ya no le quedaba nadie. Seguí interpelándole dónde vivía y me dijo que en la playa. ¿En la playa? –exclamé-, ¿cómo que en la playa? ¿en una casa? No, en una casa de obra no, -me dijo- en una casita que yo he hecho de madera y latón. ¿Y con qué se abría? –insistí. Con cartones –me dijo. ¿Y no has trabajado en otra cosa? Me respondió que sí, que había trabajado muchos años vendiendo periódicos, que había estado de aquí para allá, pero que la vida no le había deparado mucha suerte, y últimamente, ya viejo, nadie le daba trabajo y tenía que ganarse el pan haciendo algo, algo honrado y lo de los cuentos era lo único que podía hacer, puesto que su cuerpo ya no daba para más.
Lo miré y vi unos pies muy grandes, desnudos sin calcetines, dentro de unos zapatos muy viejos. Seguí recorriendo sus piernas y los pantalones no le llegaban a los tobillos, le estaban cortos y los sostenía con una cuerda atada a su cintura, y su torso estaba cubierto por una ridícula chaqueta que le estaba estrecha. No llevaba ni una camiseta, ni una camisa, ni un jersey.
A pesar de todo me seguía llamando poderosamente la atención ese hombre tan grande, tan fuerte; algo me recordaba, algo me quería decir, algo me traían sus manos, esas manos tan fuertes y grandes. Quise saber si había comido. Me contestó que no, que aún no había ganado lo suficiente para comprarse un bollo de pan. Entonces le pregunté que si tenía un plato, algo donde poder traerle un poco de comida caliente. Sonrió con tristeza y sacó de su bolsillo una cuchara vieja, retorcida y mohosa, y un trozo de pan duro. Esto es lo que tengo, -me dijo. Algo donde yo le pueda traer comida caliente, -le volví a repetir. Y del mismo cinto que apretaba su pantalón le colgaba un jarro de latón con un asa y me lo entregó. Le dije que me esperara un momento que le iba a traer comida caliente. Subí corriendo las escaleras de mi casa y le dije a mi madre que me diera algo caliente para un abuelito que había abajo y que tenía hambre. Mi madre, al ver el jarro de latón, se descompuso porque estaba muy sucio y le dije que no se preocupara que yo lo iba a fregar inmediatamente. Me fui al lavabo del cuarto de baño, lavé el jarro y se lo traje limpio. Mi madre abrió la olla de la comida y apartó en ese jarro y yo le dije que lo llenara bien que el abuelito era muy grande. Me dio un enorme trozo de pan, cogí una naranja, un plátano, una manzana y mi madre diciéndome que parara ya. Mamá dame también calcetines que tiene los pies desnudos. Y ella me dio dos pares. Radiante de felicidad, bajé volando las escaleras y allí estaba el abuelo, esperándome.
Recuerdo que unas navidades llegó y haciendo la misma operación le dije que me diera el jarro, que esas navidades iba a comer pavo acabado de hacer. Corrí escaleras arriba nuevamente y el primer pavo que salió de la cacerola fue para mi viejecito, el abuelo. Mientras mi madre le llenaba el jarro ya limpio, le recordé que era navidad y que el abuelo necesitaba una chaqueta, y una de papá le quedaría muy bien. La que tenga que sea un poquito más usada. Mi madre se fue al armario, cogió una chaqueta de mi padre y me la dio. Le bajé al abuelo el pavo, con su fruta y su pan y el abuelo se puso muy contento. Hacía muchos años que no comía un pavo tan rico, -me confesó. Se colocó la chaqueta y le estaba que ni pintada, como si la hubieran hecho para él.
Al verlo tan arregladito me invadieron unos extraños sentimientos. Me parecía que era exactamente igual que habrían sido mis abuelos José María o Francisco, a quienes nunca conocí porque murieron antes de que yo naciese. Tenía la sensación de que habían bajado, a través de él, para saludarme y para que yo compartiera con él lo que no había podido compartir con ellos, algo tan insignificante como un plato caliente y una conversación, y tantas historias como me contó.
Un día me quedé esperándole vestida de ilusión porque tenía cosas para relatarle. Él reía cuando le contaba cosas, pero sus ojos siempre estaban entristecidos. Yo no me explicaba por qué la boca de mi abuelo sonreía y sus ojos no le acompañaban en esa alegría que yo tanto deseaba. Esperándolo me quedé y el abuelo no volvió más. Me enteré por los mayores que había muerto. Ellos comentaron que había venido en el periódico que el abuelo que echaba el cine y que tanto querían los niños del patio, había muerto de frío en la playa.
Me quedé sin el abuelo, otra vez sin abuelos, ahora que me había acostumbrado a quererlo y a tenerlo cerca, aunque fuese una vez a la semana. Se marchó, pero me dejó tan llena de recuerdos bonitos... y sobre todo de esa vivencia mágica de poder compartir con él en mi patio, lo que después compartía en mi casa con mi familia en la mesa, la comida caliente y un rato de conversación, con todo el cariño que una niña de seis años podía dar a esa persona mayor, procurando que estuviese feliz, porque la tristeza y la soledad de sus ojos me partían el corazón.
Hasta luego abuelo, algún día volveremos a estar juntos, no sé dónde, pero estoy segura de que te volveré a encontrar de nuevo. No sé si podré darte el pavo que cocinaba mi madre, porque ella ya sólo cocina recuerdos, pero sí para estar juntos y no separarnos nunca. Adiós abuelo. Hasta siempre.
Nota de El Aguijón: Trinidad Grund fue una sencilla mujer malagueña, de esas que van dejando, tras de sí, un rastro de superación y aceptación de las dificultades de la vida. A los 33 años perdió la visión por mor de una enfermedad, quedando totalmente ciega, por lo que ingresó en la ONCE, llegando a ser Delegada de la misma en diferentes pueblos de nuestra Comarca. A partir de ese momento, su vida estuvo plena de dificultades y enfermedades que, para nada, incidieron en su ánimo, siempre entusiasta y emprendedor. Cantaba como los propios ángeles y también hacía sus pinitos en la literatura. Se nos fue hace ya más de tres años y, como homenaje a su recuerdo, iremos publicando aquí algunos de sus relatos y poemas.
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