Como éramos pocos, parió la abuela.
Nuestro Planeta ha estornudado en Japón, despertando a Neptuno, quien furioso ha asolado sus costas, cobrándose miles de vidas. Con el suelo prácticamente sembrado de plantas nucleares, la tercera potencia económica mundial, se ha visto desbordada por el caos nuclear surgido a raíz del terremoto (de 9 puntos de intensidad, sobre 10), seguido del correspondiente tsunami que ha dañado a varias instalaciones de energía atómica y ha arrasado miles de hogares.
Rápidamente y siguiendo con el viejo refrán “Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”, todos los países con centrales atómicas se han echado a temblar y a revisar sus instalaciones, reconsiderando prórrogas que estaban al caer, al hilo de la crisis económica. Y todo traerá como consecuencia que el costo de la energía suba para el bolsillo del ciudadano, que es el que acaba pagando los platos rotos.
Y aprovechando este rio revuelto, el Mesiánico dictador Gadafi, sigue masacrando a su pueblo, mientras los organismos internacionales piensan y repiensan qué medidas tomar. Al final volverán a apoyarlo por los intereses del oro negro, obviando el río de sangre libia derramada.
Con estos serios problemas que agravan el suministro energético (nuclear y petrolífico) la incipiente recuperación económica a nivel mundial se resentirá, y mucho más la española que aún ni empezó a salir del bache.
Por aquí abajo, en nuestro Guadalhorce, también la devastación vuelve a aparecer por el horizonte cartameño, pero no como fenómeno natural sino provocado por la estupidez humana. De nuevo las excavadoras, máquinaria concebida para la construcción, serán utilizadas para destruir viviendas condenadas a muerte por la Ley vigente, puesta en marcha equivocadamente por unos políticos que han permitido construir, unos haciendo la vista gorda para después cobrar la importante multa y engrosar las voraces arcas municipales, otros no dándose por enterados, y al final la víctima: el incauto ciudadano que intentando hacer un buen negocio, pues sus posibilidades económicas no dan para más, se construye una casita en el campo, y no sabe –o no quiere saber- las particularidades del suelo donde construye.
Garrido y Gallardo, “demolitions mans of Guadalhorce”, ahora tienen la coartada perfecta para su particular cruzada contra los parceleros, (aunque ahora quieran apuntarse al carro de las regularizaciones) pues el juez les pone en aviso de delito de desobediencia si no hacen pagar caro el querer despertarse en el campo, con el gorjeo de los pajaritos.
¿Y qué hacemos con el resto de las 15.000 viviendas irregulares que se calcula existen en nuestro Valle? La amnistía debe llegar cuanto antes o sucederá como con Libia, cuando llegue, los campos del Guadalhorce estarán sembrados de escombros.

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