“¡¡¡ PA CANTIÑAS ESTOY YO...!!!”


por FRANCISCO BAQUERO LUQUE
Una esplendente mañana estival, con el sol aún amortiguada su insolencia por las frescas brumas de la aurora recién escondidas tras los montes, un enorme galgo de letales instintos cinegéticos, negro como una parca del Dante, perseguía -cada vez más cerca de su jopo- a una liebre que intentaba escapar de la muerte, con velocidad de vértigo, a media ladera y a favor del viento, hacia un melosal de alta hojarasca, no muy lejano, en donde escabullirse y librarse del lebrel.
En esas iba el lebrasto, pues macho era, cuando una alondra canora, suspendida del cielo sobre el otero con imperceptible y grácil tremular de sus alas, brindaba al gran Dios la matinal y dulce jaculatoria oferente de cada día. Qué nacido y criado en el campo no ha visto alguna vez una alondra levitando en el cielo, y desgranando su particular padrenuestro con arpegios estremecidos, al tiempo que la abubilla zascandilea en el polvo del camino, o el alzacola salta de rama en los cercanos matojos, mientras los platillos de la carreta acompañan la temporera que a su yunta le canta el carretero, y los perros van ya mitigando sus ladrares de la medrosa noche, a lo largo del río... ¡Memento!
Pero eso solo no es la vida. A la alondra, exultante de misticismo panteísta, no se le ocurrió otra cosa que interpelar a la liebre, durante su desenfrenada carrera, de esta guisa:
-¡Oh, hermana liebre!, aminora tu loca carrera y repara en las inspiradas invocaciones que mi canora garganta eleva al Creador de tantas maravillas que compartimos en la tierra, cara a los insondables cielos. Ceja en tu desaforado correr y escúchame, que las prisas irreflexivas conducen a la perdición...”
En una de las maniquetas que, al socaire de una coscoja, hizo la liebre para alejarse un tanto del inmisericorde galgo, mirando de soslayo a la beata avecilla, le endilgó:
-¡Hijadeputa, pa cantiñas voy yo...! Más nos valdría y agradaría a Dios que te lanzaras en picado desde ese altar lírico, sobre el lomo del malvado lebrel, le picotees el rabo y la rabadilla para distraerlo y que yo pueda escapar de la muerte a que me lleva sentenciada, sin apelación posible”.
Esta fabulilla que me inspira el cotidiano espectáculo que nos ofrecen los leguleyos de toda laya, beatos de pescuezo torcido y políticos blablaneros y trincalinas engañapueblo, es como enseña en su fabulario mi amado maestro, el griego Esopo, susceptible de moraleja. Pero no voy a ofrecerla yo, al menos hoy, porque podría caer en las redes del Código Penal. Sea, pues, cada quisque que lea quien, según su experiencia vital, la colija y obre en consecuencia.
Por mi parte, eso sí, cada vez que oigo a un político del cotarro español -EREs, chofer recovero de cocaína a favor de su jefazo autonómico, el faisán, pepiño, trajes a medida del magnate levantino, etc- pontificar sobre lo bien que van a arreglar lo que han desbaratado, no puedo por menos que musitar para mis adentros: “Hijodeputa, para más embustes estoy yo, que veo ya al galgo dignicida tras mi pensión de mierda, mermándola cada vez más en su poder adquisitivo”.
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